La narrativa contemporánea sobre el sufrimiento emocional es firme y reiterativa. Cuando alguien nos daña, debemos borrarlo de nuestras vidas, superarlo, pasar la página definitivamente. Esta prescripción se repite en libros de autoayuda, podcasts y conversaciones entre amigos. Los pasos parecen claros: soltar, cerrar ciclos, eliminar lo que genera malestar.
Pero existe una realidad que buena parte de la población conoce, aunque raramente la verbalice con claridad. El amor, incluso aquél que nos ha causado dolor, no desaparece siguiendo instrucciones. Continúa viviendo, muchas veces en el silencio, resistiéndose a cualquier intento de erradicación total.
Una autora que ha profundizado en estas cuestiones propone cuestionarse si realmente es necesario cumplir con estos mandatos culturales. ¿Qué pasaría si permitiéramos que el sentimiento coexista con nuestro presente? ¿Si reconociéramos que quien nos amó continúa siendo parte de nuestra historia sin que ello implique quedarse atrapado?
Esta reflexión adquiere mayor relevancia en un contexto donde la cultura del bienestar emocional nos presiona constantemente a demostrar que «estamos bien», que «ya superamos», que «podemos seguir adelante». Pero las emociones humanas no responden tan fácilmente a estos tiempos acelerados que la modernidad establece.
La propuesta es abandonar la falsa dicotomía entre «estar completamente sanado» y «estar destruido por la nostalgia». Entre estos extremos existe un espacio más amplio donde podemos reconocer el impacto que las personas tuvieron en nosotros, mantener viva la gratitud por lo vivido, y simultáneamente construir una vida presente plena y significativa.
Quizás la verdadera sabiduría emocional no esté en borrar nuestro pasado amoroso, sino en transformar nuestra relación con él, permitiendo que forme parte de quiénes somos sin que nos impida ser quiénes queremos ser.
Imagen: Kássia Melo / Pexels – Con informacion de Perfil






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